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Experiencia interna y cotidiana de Dios, vivencia de la fraternidad y contacto real con los pobres: tríada fundamental en nuestra Vida Religiosa. De las dos primeras nos hemos ocupado en los anteriores meses recordando que: sin oración, examen y celebración de la fe, y sin una actitud fraterna –bien concreta- no podemos encontrar el camino de nuestra realización como jesuitas. Ahora quiero detenerme en el tercer elemento de esta “santísima trinidad”.
Cuando San Ignacio de Loyola decía que “la pobreza es el muro de la religión” tal vez no se refería directamente al contacto real y cercano con los pobres (aunque, con el beneficio de la duda, sería bueno preguntárselo a los especialistas), pero lo que si es cierto es que su pobreza personal y su idea de pobreza en la Compañía nacía y se alimentaba del conocimiento interno que tenía de personas concretas que encontraba en los hospitales públicos (en que dormían los compañeros), de su contacto con peregrinos y mendigos (en los caminos de Europa), de los muchos compañeros de prisión con los que compartió noches, celdas y malos tratos, de su cercanía al mundo de los enfermos, los apestados y los excluidos (hasta por causa de su raza o religión!) y de su devoción y servicio a las prostitutas en las calles de Roma, entre otros muchos. No gratuitamente dice en su carta de la Pobreza (1547) que “la amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eterno”.
Frente a este testimonio definitivo de nuestro Santo padre Ignacio se hace más gritante la realidad de que hoy por hoy la mayor parte de los jesuitas vivimos cada vez más lejos de los pobres, y de que nuestros amigos: aquellos que deciden dónde descansamos, cómo comemos, cuánto gastamos, etc., no son los preferidos del Rey Eterno. Nos falta generosidad para salir de nuestra zona de confort material, y buscamos y encontramos todas las razones posibles para justificarlo (tiempo, salud, transporte, economía, etc.) desde las casas de formación hasta en las más variadas comunidades ‘profesas’, privándonos así de la verdad que buscamos.
Es verdad que no todos los miembros de la Compañía de Jesús vivimos de la misma manera la amistad con los pobres. Pero sí estamos todos llamados a ser sus amigos. Y para ser verdaderamente sus amigos hay que abrirles la puerta del corazón con la misma generosidad y transparencia con que ellos nos reciben en sus casas, y derrochan su tiempo y su fiesta con nosotros, y ofrecen su energía para servirnos y acompañarnos. Si es “la amistad con los pobres las que nos hacen amigos del Rey Eterno”, es la cercanía al mundo de los pobres la que puede desarmar entre nosotros los prejuicios y barreras que nos hacen escoger -muy naturalmente- lugares, medios y amigos ricos.  
Los años más plenos de mi vida religiosa los he pasado en medios pobres. Soy testigo también de lo difícil que resulta tomar decisiones que nos colocan en esos lugares: yo mismo he pasado largos tiempos (varios años) de mi vida buscando razones y justificando ante mí mismo y ante los demás (muchas veces “con” ellos) formas, lugares y cosas que me alejaban de los medios, lugares y amigos pobres-pobres. ¡Cuánto tiempo malgasté y cuánta consolación perdí por no tener la osadía de hacer lo que parecía imposible (y a los ojos de muchos “una locura”)!
Es cierto: vivir (al menos dormir y comer) en un lugar pobre no es garantía de que se tiene un corazón pobre; pero es un primer paso que nos abre a esa posibilidad. Muchos compañeros preguntan: “¿dado que mi trabajo y misión no es propiamente con los pobres (aunque yo trabajo para ellos), de qué vale vivir en una casa situada en un barrio pobre si sólo se va a dormir o a pasar el fin de semana?” Yo les aseguro que ese primer paso es fundamental – en el sentido literal de la palabra: es fundamento, comienzo, premisa, plataforma, trampolín; de ahí para adelante ‘todo lo mejor’ puede venir. ¡Ah, sí al menos todos los jesuitas viviésemos (aunque sólo fuera comer, descansar y dormir) donde los pobres! Nuestra vida y misión se verían completamente transformadas en lo personal y en lo institucional.
Estoy seguro de que ningún superior mayor se va a negar o va dejar de hacer todos sus esfuerzos para “com-placer” a un jesuita o un grupo de jesuitas que, independientemente de la misión que tengan, manifiesten su deseo y pidan vivir de manera más cercana a la realidad de los pobres-pobres, o al menos al nivel de una “familia de condición modesta, cuyos miembros en edad laboral forzosamente han de trabajar con diligencia para sustentarla” (CG32, D12, N7).  ¡Adelante, compañeros! Vale la pena.
No basta orar, celebrar, examinar la conciencia; no basta ser fraternos y cuidarnos mutuamente dando un buen testimonio. Todo eso se ve inmensamente enriquecido y potenciado cuando se hace desde la vida del pobre, y en lo posible como en la vida del pobre.

Fuente: www.cpalsj.org
Fotografía: Barrio Las Cienaga de Los Guandules